lunes, 10 de octubre de 2016

San Francisco de Asís, un pobre humilde.

          San Francisco de Asís, un pobre humilde.


 Claudio C. Torres Torres
 Docente. 


Relatar paso a paso la vida de Francisco de Asís, sería una tarea enciclopédica, más bien creo que en todo lugar y en todo momento será necesario, y en algunas épocas, hasta urgente hablar algo de la vasta espiritualidad de este santo que hoy más que nuca sigue vigente. 

Para todo quien se adentre a estudiarlo un poco a este santo revolucionario, la característica más importante de la espiritualidad franciscana sin duda es la pobreza, pero no precisamente aquella pobreza en la que el desprendimiento en general es lo más evidente, no. La pobreza que San Francisco abrazó desde su juventud, fue de esa forma de vida pobre que nunca antes había sido avistada, aquella que traspasó las fronteras de lo que ya hacía la misma iglesia en aquellos tiempos, y no solo la iglesia, sino diversas congregaciones de monjes. 

La pobreza de la que San francisco nos habla, es esa pobreza de la cual hoy aún somos pobres; esa pobreza de ser pobres como Cristo lo fue, que no tenía dónde reclinar su cabeza (Lucas 9,58). Con base a esa expresión del Divino Maestro, Francisco en pleno siglo del florecimiento del cristianismo y la época clásica de las ciencias sagradas: la teología y el derecho canónico (P. Rivero, 2016) erigió la dama pobreza y la convirtió en un ideal casi abstracto. Francisco estuvo seguro y les legó a sus seguidores de la orden, que el hacerse pobre como Cristo lo fue, es un camino no solo para construir un mundo y una existencia fraterna, sino para un día ver el rostro de Dios. Pobreza no tanto por mortificación, pero sí para encontrar un bien en sí, en su ser, en su alma, en su conciencia con la cual darían siempre, un testimonio de simplicidad real que los acercaría al pueblo humilde de las ciudades y de los campos. La espiritualidad franciscana pretende exhortar a todos los hombres, ricos o pobres, clérigos o laicos, cristianos o infieles, hombres o mujeres, y hasta a todas las criaturas a abrazar la pobreza.

Pero la pobreza que San Francisco abrazó es esa pobreza que nosotros también seríamos capaz y podríamos demostrarla en cada uno de los actos de nuestra vida: en el saludo, sin quizá esperar que me saluden, en el comedimiento, en ayudar a mis padres en casa, a mis hermanos, sin esperar elogios ni recompensas, en dar gracias a Dios por el alimento de cada día, en no responder agresivamente a mis padres, hermanos, amigos o maestros aun cuando estén equivocados. La pobreza de espíritu de no pretender estar sobre de los demás, muchas veces sin importar cómo lo hago. Esa pobreza de estar atento a quienes necesiten de mis manos, de mi intelecto, de mi palabra. 

El Franciscano San Buenaventura dividió la oración en tres actos, correspondiendo a cada una de las tres vías: confesión de nuestra miseria, súplica de misericordia divina y homenaje de adoración. Es decir, Francisco nos enseñó que antes de actuar, de hablar y de orar, revisemos primero nuestra mísera vida de pecado, que nos aceptemos como imperfectos, para sí luego, con alma pobre y humilde, pedirle a Dios su santa asistencia. Declararnos humildes es aceptar lo que desconozco, lo que ignoro. Muchas veces en la casa, en el estudio o en el trabajo, nos es difícil aceptar nuestras limitaciones; porque aceptarlas no solo es decirlas, sino estar conscientes de ello, pedir la ayuda al compañero, al amigo, al maestro. Y esto quizá se complementaría con otro tema que Francisco nos legó: el del sufrimiento. San Francisco de Asís es un modelo vivo y palpable del sufrimiento, con lo cual pudo conmover a los fieles, más que cualquier otro santo, a través de enseñarnos a aceptar por amor de Dios las pruebas de esta vida. 

En nuestro día a día, el sufrimiento se nos presenta como un monstruo. Ninguna persona queremos sufrir, ya que lo ideal será que todo nos vaya de maravilla: que haya dinero y si es posible con reservas en el banco, que tengamos la mejor ropa, los mejores zapatos, el mejor celular, que no debamos a nadie, que en casa haya buena comida, que no nos toque madrugar, que no tengamos que hacer nada en casa, que no hayan tareas ni trabajos y sobre todo que no me toque ayudar a nadie a hacer nada, si es posible que nadie me pida nada. Francisco nos recuerda que para ser merecedores de reencontrarnos con el Dios imagen y semejanza, debemos abrazar también el sufrimiento y quererlo como parte de nuestra existencia. 

Finalmente quiero compartir una de las tantas vivencias de San Francisco. Ésta que me parece una de las más decidoras para ayudar a reconocernos como seres pobres y humildes: 

La historia de este santo cuenta que un día, al volver San Francisco del bosque, donde había ido a orar, el hermano Maseo quiso probar hasta dónde llegaba su humildad; le salió al encuentro y le dijo en tono de reproche: 

¿Por qué a ti?, 
¿Por qué a ti?, 
¿Por qué a ti?,

¿Qué quieres decir con eso?, repuso San Francisco. Y el hermano Maseo le dijo: Me pregunto ¿por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte?. Tú no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia, no eres noble, y entonces, ¿por qué todo el mundo va en pos de ti? 

Al oír esto, San Francisco sintió una grande alegría de espíritu, y estuvo por largo espacio vuelto el rostro al cielo y elevada la mente en Dios; después, con gran fervor de espíritu, se dirigió al hermano Maseo y le dijo: 

¿Quieres saber por qué a mí? 
¿Quieres saber por qué a mí? 
¿Quieres saber por qué a mí viene todo el mundo?. Esto me viene de los ojos del Dios altísimo, que miran en todas partes a buenos y malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más grande pecador que yo”. 

El hermano Maseo, ante una respuesta tan humilde y dicha con tanto fervor, quedó lleno de asombro y comprobó con certeza que San Francisco estaba bien cimentado en la verdadera humildad. (www.franciscanos.org, 2016) 

Ciertamente, la mayor parte de la gente hoy confundimos; pobreza con humildad, confundimos ser flacos con tener salud o ser lindos, tener títulos con sabiduría, confundimos parir con ser madre. 

Hoy; la voz que un día ese joven revoltoso, inseguro, indeciso llamado Francisco escuchó, sigue resonando en los corazones de muchos de ustedes jóvenes y señoritas: Carlos, María, Juan, Pablo, como te llames, esa voz te está diciendo: “…vete y repara mi iglesia, que se está cayendo en ruinas.

Referencias

Muchas frases para esta conferencia han sido tomadas del sitio web de los franciscanos.

P. Rivero, A. (3 de octubre de 2016). Cathlolic Net. Obtenido de http://www.mercaba.org: http://www.mercaba.org/FICHAS/catholic.net/HT-I/siglo_12.ht

www.franciscanos.org. (3 de septiembre de 2016). Obtenido de  http://www.franciscanos.org/frandp/menup.html